lunes, 28 de abril de 2008

La ciudad Perdida de Erks (Capítulo I) (Fragmento)


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Se dice que ya en 1974 se realizaban ceremonias en las sierras de Córdoba, donde los iniciados en los secretos de Erks podían observar la Ciudad Perdida, pero los testimonios más confiables señalan que todo comenzó en 1984.
Ese año, el doctor Ángel Cristo Acoglanis atendía los lunes, martes y miércoles en su consultorio de la ciudad de Buenos Aires, mientras los miércoles a la tarde viajaba a Villa Allende, una ciudad muy cercana a Córdoba capital, donde también tenía pacientes y había constituido su domicilio legal junto a su mujer y sus hijos. Pero los viernes a la tarde viajaba a Capilla del Monte. Allí, al acercarse la noche se trasladaba a la Quebrada de Luna o -como se la ha rebautizado en estos últimos años- Quebrada de La Luna, ubicada a menos de 10 kilómetros de Capilla del Monte, y sin ninguna compañía subía a Los Terrones para tomar contacto con los habitantes de una ciudad ubicada en un lugar impreciso bajo la superficie terrestre, o quizás escondida en una dimensión recóndita. Esa ciudad que se había perdido en algún momento del tiempo, y Acoglanis redescubría cada viernes a la noche, se llamaba o quizá se siga llamando Erks. Aún hay muchos puntos oscuros en esa ciudad, pero nadie duda que allí reina la sabiduría y el amor.
El lugar donde el doctor entablaba ese diálogo tan particular con los habitantes de Erks, Quebrada de Luna se encuentra habitada por unas pocas familias criollas que viven en casitas humildes pero confortables, esparcidas en un paisaje de suaves y ondulantes cerros. Sin embargo esta monotonía se ve alterada por una zona de tierras rojas llamada Los Terrones, ubicada a unos cuatro kilómetros de la ruta nacional 38 y en la ladera noroeste del Cerro Uritorco. En ese sitio la naturaleza con el auxilio del viento y las lluvias ha creado un conjunto de esculturas naturales de tierra roja y piedra, que copian formas y perfiles humanos. Este parque se encuentra elevado sobre la Quebrada, y subiendo por un camino de tierra se llega a una explanada que permite observar toda la quebrada y, en especial, el Valle del Silencio o Valle de Erks, donde estaría emplazada la Ciudad Perdida.
En 1985 las ceremonias de invocación de Erks se hicieron más frecuentes y, poco a poco comenzaron a asistir amigos y conocidos del doctor, que personalmente había elegido y preparado para vivir ese momento extraordinario.
En sus mejores épocas esas reuniones llegaron a convocar a más de 40 personas por noche, y todo indicaba que ese número se hubiera duplicado con el correr del tiempo, si no se hubiesen produ-cido los desagradables sucesos de abril de 1989 cuando todo pa-reció derrumbarse definitivamente.

LOS DISCÍPULOS
A las ceremonias asistían los discípulos que Acoglanis había congregado entre sus pacientes o amigos más íntimos. Luego el espec-tro de elegidos se fue ampliado hasta abarcar a personas muy distintas al grupo original. Incluso muchos iniciados comenzaron a presentar a nuevos candidatos, que previa aprobación del doctor, eran iniciados en los secretos de Erks.
En los primeros tiempos las personas que participaban en la ceremonia se reunían en el hotel Roma de Capilla del Monte. Allí mismo el doctor atendía a sus pacientes cordobeses y se alojaba durante sus breves estadías en el pueblo. Luego el doctor compró una casa muy cerca de los Terrones y muchos elegidos ni siquiera tuvieron necesidad de conocer Capilla del Monte.
Cuando oscurecía Acoglanis reunía a sus discípulos en el come-dor del hotel y les pedía que no se dejaran llevar pasivamente por lo que iban a ver y, en cambio, los urgía a extraer alguna enseñanza espiritual del fenómeno.
Estas palabras las conocían muy bien los discípulos, ya que las leían periodicamente en unos documentos mimeografiados que recibían puntual y discretamente en sus casas. Por esos papeles sabían que esa ciudad misteriosa e invisible alojaba a 18.000 seres desde tiempos tan antiguos que era inútil hablar de siglos. Pero una cosa es leer y otra muy distinta es presenciar lo imposible.

EL VIAJE
Cuando el doctor consideraba que ya estaba todo dicho, daba la orden de partir hacia Los Terrones. Con suma discreción subían a los automóviles, cruzaban el pueblo y se dirigían por la ruta na-cional 38 a la Quebrada de Luna. Luego de recorrer unos 10 kilómetros giraban a la derecha y se internaban por un camino de tierra. A esta altura del trayecto la oscuridad sólo dejaba ver algún pequeño y amarillento cuadrado de luz que señalaba las casas de los habitantes de la quebrada. Unos kilómetros más adelante, las empinadísimas cuestas hacían rechinar los motores, y ya próximos a Los Terrones, quienes visitaban por primera vez el lugar, no podían menos que sorprenderse, al encontrar en esas sierras poco conocidas unos gigantescos mo-numentos de piedra, envueltos en una luminosidad rojiza y espectral, que parecía provocada por la luz de la Luna. Luego se darían cuenta de que era el lugar el que emanaba esa claridad.
El camino terminaba medio kilómetro adelante, y después de estacionar los automóviles bajo unos árboles, los expedicionarios caminaban unos pocos metros a oscuras hasta el borde de una explanada, que sin protección se asomaba al deshabitado Valle del Silencio.

LA CEREMONIA
Entonces alguna voz pedía silencio, y de las sombras surgía un hombre vestido con una túnica blanca. Su sola presencia provocaba una excitación tan marcada entre los convocados, que muchos se tomaban del brazo de la persona que tenían al lado para no perder el equilibrio. Sin embargo, conocían muy bien al oficiante.
Su nombre era Sarumah.
Sarumah pedía entonces que formaran un círculo a su alrededor, levantaba los brazos al cielo y comenzaba a invocar en un lengua desconocida a los hermanos del cosmos y, sobre todo, a los ancianos de la Ciudad Perdida de Erks.
Entonces ocurría algo extraño.
Unas luces cruzaban entre las estrellas y se sumergían en el valle. Todo ocurría con tanta rápidez que muchos se preguntaban si había ocurrido en realidad o era sólo producto de la imaginación. Pero enseguida unas esferas de luz, más grandes que las primeras, emergían de la tierra y recorrían el camino inverso.
En ese momento ya nadie dudaba de lo que habían visto.
Luego Sarumah señalaba a Sirio.
Muchas veces Acoglanis les había dicho que esa estrella era en realidad una nave gigantesca estacionada en los cielos desde miles de años atrás. Esa estación orbital que había logrado engañar a los astrónomos más perspicaces y burlado la tecnología del presente, era el receptáculo de esas otras pequeñas naves que acaban de ver. En los documentos se informaba que esas naves realizaban misiones en la tierra y se refugiaban temporalmente en diferentes ciudades ocultas similares a Erks, diseminadas en todo el planeta. Las pequeñas esferas de luz que los elegidos veían sobre las sierras eran naves, igual que Sirio, sólo que ésta era una nave muchísimo más grande.
Pero Sarumah conocía la testarudez de los hombres, entonces volvía a invocar a los hermanos del cosmos, y ocurría lo imposible. Esa estación orbital, que hasta unos segundos antes muchos habían creído una estrella, ahora apagaba y encendía su halo de luz realizando destellos pausados, como si enviara un mensaje de luz.
«Ellos nos saludan y nos dan la bienvenida», exclamaba entonces Sarumah.
En ese momento ya nadie conservaba su lugar en el círculo que se había formado al comenzar la invocación. Dispersos y con la mirada fija en el cielo, los convocados se abrazaban a sí mismo y no podían hacer otra cosa que temblar ante la evidencia de haber espiado en un repliegue del misterio.

ZIGZAGUEANTES HILOS DE LUZ
Llegado el momento, Sarumah les pedía que se alejaran de los bordes de la explanada que, sin ningún resguardo, se precipitaba a unos peligrosos barrancos. Recién cuando la gente estaba lo suficientemente alejada del límite, realizaba su tercera invocación. Y el Valle del Silencio comenzaba a irradiar una tenue luminosidad que latía despaciosamente. Pero de pronto, un chispazo sorprendía a todos, y enseguida cientos de zigzagueantes hilos de luz emergían desde la superficie de la tierra dibujando algo que parecía un con-torno. Y así, frente a los ojos de los que tenían fe, como también de los escépticos, aparecía una ciudad de varios kilómetros de ex-tensión, en el mismo lugar donde unos minutos antes no había nada.
Esa ciudad era Erks.
En ese mismo momento se escuchaba el gemido de alguna persona, y el ruido seco que hacen los cuerpo al golpear en el suelo. Entonces Sarumah abandonando su apostura sacerdotal corría ha-cía los caídos, y volviendo a su condición de médico, socorría a los elegidos que se habían desmayado.
En ese momento Sarumah volvía a ser el doctor Acoglanis.

UNA VERDADERA CIUDAD
Este relato sintetiza casi una veintena de reuniones que se desarrollaron en Los Terrones entre 1984 a 1989, y donde nunca faltaron a la cita las naves y la ciudad de Erks.
Cerca de 150 personas tuvieron el raro privilegio de presenciar esas apariciones. La mayor parte de ellos habían sido elegidos y preparados personalmente por Acoglanis quien, sobre todas las cosas, les pedía que no difundieran lo visto, «hasta que llegara el momento».
Pero en abril de 1989 ocurrió algo terrible. Acoglanis fue asesinado por uno de los más consecuentes asistentes a las ceremonias.
Muy pronto las noticias sobre Erks comenzaron a ser publicadas en diarios, revistas y libros, pero a diferencia de otros hechos mis-teriosos que fueron aceptados sin demasiado juicio, el caso Erks se fue apagando lentamente, casi hasta desaparecer.
La indiferencia hacia Erks provoca, por lo menos, sorpresa, y lleva a sospechar que existió un intento deliberado de ocultar la ciudad sumergiéndola en el olvido.
Más allá de creer o no en la existencia de la ciudad, llama la aten-ción que habiendo sido el asesinato de Acoglanis una de las causas, presentadas por un grupo de legisladores contra la doctora Servini de Cubría, junto con el llamado Yomagate, con la intención de realizarle un juicio político que luego no prosperó, nunca se haya mencionado a Erks.
Por otra parte los discípulos que presenciaron las ceremonias de Erks no tienen dudas sobre lo que vieron.
Lo cierto es que a medida que se investiga el caso Erks, se habla con los testigos, que por otra parte no siempre pertenecieron al círculo cercano a Acoglanis/Sarumah, y se analizan diferentes circunstancias, uno debe rendirse ante la evidencia de que en Los Terrones aparecía una ciudad, mientras circulaban por el lugar cientas de esferas de luz.
La edición completa de la Ciudad Perdida de Erks puede obtenerla en papel o ebook en http://dangel.bubok.com/

Uritorco, Un Cerro Sagrado que convoca al Misterio


Capítulo I
9 de enero de 1986 - 23.20 horas

TESTIMONIO I
GABRIEL GÓMEZ

La casa de doña Esperanza de Gómez está en medio de las sierras, junto a una ruta provincial que en algunos tramos parece más huella abandonada que camino. Los vecinos más cercanos a esa casa se encuentran a dos kilómetros. No hay agua corriente en el lugar, y la electricidad recién se instaló en 1994. A la noche, el chillido de las cigarras se puede volver insoportable para quienes no están acostumbrados, pero para los habitantes de la Quebrada es tan común como el ruido
del viento, que se levanta sobre los cerros y flagela rocas y vegetales, sin distinción. Junto a la casa de Doña Esperanza, todavía se puede ver un sauce centenario que se mece monótona y suavemente, como siempre, como la noche del 9 de enero de 1986.
Ese día, la mujer había encendido un sol de noche a gas. Ese farol había sido el artefacto más moderno llegado a la Quebrada de Luna a finales de los años 70. Quizá por lo nuevo, la envidia o vaya uno a saber porqué, los vecinos consideraron la adquisición como un despilfarro sin sentido. Después de todo se preguntaban para qué necesitaba tanta luz alguien que a las 8 de la noche ya está durmiendo.
Pero a la mujer estos comentarios dañinos no le importaban nada. Con el farol se podía dar el gusto de cenar viendo lo que estaba comiendo, salir a envenenar hormigueros en mitad de la noche, o, como esa noche que cambiaría su vida, jugar una partida de naipes con su hija Sara y su nieto Gabriel, de 11 años.
Lo cierto es que en el preciso momento que la mujer iba a bajar un chinchón, el ruido de las chicharras comenzó a crecer hasta convencer a Doña Esperanza que algo raro ocurría.
Debía ser un coche, pensó, pero no, era demasiado ruido. Si no era las chicharras, un auto, ni un camión debía ser algo tan moderno que merecía echarle un mirada. Pero cuando su hija
Sara abrió la ventana y el camino estaba tan desolado como siempre, aunque iluminado como si el sol hubiera salido en mitad de la noche, todos se asustaron. Doña Esperanza miró enseguida hacia el farol a gas pensando que tal vez el artefacto estuviera excediéndose en su tarea de alumbrar. Pero no, la luz intensísima y rojiza provenía de afuera.ASara, entonces, se le fue enseguida la curiosidad, y cerró la persiana de un golpe seco que hizo rebotar la hoja en el marco. Dio tres pasos hacia atrás y miró a su madre sin poder decir palabra. Por el espacio que dejaba esa ventana medio abierta, y a través de los intersticios de las persianas de la casa, entraba tanta luz
que el bulbo del farol a gas les parecía apenas una brasa casi apagada.
Cuando la anciana pudo hablar le ordenó a su nieto Gabriel que trabara la ventana con un madero. Pero, Gabriel se acercó y atrapado por el brillo persistente de la luz vio algo que
días después relató al periodista del diario La Voz del Interior, de la ciudad de Córdoba con estas palabras:

"Lo primero que pensé fue en la luz mala, porque venía de la sierra y no podía ver bien qué era. Se veía cada vez más grande y se movía de un lado para otro. Después, cuando se apagó la luz roja la pude ver bien. Era una cosa redonda con ventanillas.
A la altura de las ventanillas alumbraba la luz roja y la de arriba era clarita”.
Gabriel Gómez

Sin embargo, el grito oportuno de la abuela permitió que Gabriel se liberara de la maligna atracción de la luz que lo había atrapado. Cerró la ventana. Unos minutos después, por efecto de la tensión vivida o, como explican los expertos en OVNIs, por alguna razón relacionada directamente con la energía que emanan estas naves, los tres se durmieron profundamente.
Al día siguiente, un tío de Gabriel que llegó temprano de visita los despertó con la noticia de que había aparecido una mancha circular en una de las faldas de la sierra del Pajarillo.
Pero esto no era todo. El sauce centenario junto a la casa estaba achicharrado como si lo hubieran rociado con ácido desde el cielo. Esa misma tarde, el tío de Gabriel fue a Capilla del Monte, pueblo donde está la sede del gobierno municipal de la localidad para contar lo que había pasado, y sobre todo para que le explicaran qué podía haber dejado esa huella en medio de la sierra , y porqué se había quemado la copa del sauce.

Fragmento del Capítulo I . Para leer el libro completo gratuitamente vaya a http://www.bubok.es/autores/usuario/1829)

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